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Santa Leocadia
En la comarca leonesa del Bierzo   
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Los Bolos
  
 
Durante muchas décadas, el denominado "Juego de los Bolos", fue el deporte tradicional de todos los pueblos de la comarca. Los más viejos del lugar, y los no tan viejos, recuerdan con nostalgia las apasionadas partidas que se disputaban entre los distintos equipos participantes. Se jugaba, o bien, se dirimía entre los equipos quien tenía que pagar el coste de la partida, que generalmente consistía en vino que se bebía por el tradicional porrón de cristal, dependiendo de la importancia de la partida era una u otra cantidad la que se ponía en juego. Este vino se compartía entre los jugadores y los espectadores presentes en el campo de juego, aumentando el número de acuerdo con la importancia de las partidas, dando así un colorido de fiesta al ambiente, terminando a veces todos contentos.

Normalmente las partidas se celebraban entre jugadores del mismo pueblo, a veces dos equipos podían jugar unas cuantas partidas seguidas, pero cuando había varios equipos, los que estaban sin jugar pedían partida, y entonces el que estaba a la espera entraba en el puesto del perdedor, el cual quedaba eliminado momentaneamente,  así se iban turnando todos los equipos. Esporádicamente se celebran partidas entre distintos pueblos, en estos casos lo que se disputaba normalmente era una merienda para los equipos participantes, pagando la misma como es natural el equipo derrotado. Hubo grandes jugadores de bolos, no quiero aquí dar nombres porque seguro que se me iba a olvidar alguno, pero creo que están en la mente de todos los mayores, unos eran conocidos por hacer boladas mayores, y otros por su depurado estilo, vamos que si esto lo pudiéramos trasladar al fútbol podríamos decir que los primeros serían los goleadores y los segundos los técnicos.

La modalidad más popular era la denominada "a brazo". El campo o terreno de juego puede ser un espacio más o menos cerrado, con una superficie compacta llana en lo posible y un terreno firme, que solía estar ubicado en la plaza del pueblo, con una piedra plana enterrada en el suelo de unas dimensiones aproximadas de 70x70 centímetros, en la cual se arman 9 bolos (palos uniformes de madera de avellano o similar empinados sobre la piedra), de unos veinte centímetros de altura y dos de diámetro aproximadamente. Estos bolos se colocan en línea horizontal pegados unos a otros y para que se tengan en pié y ofrezcan más resistencia se asientan en la piedra con moñica, o en su defecto con barro. Para poder llevar a efecto el juego necesitamos una bola de madera redonda o más bien un poco ovalada de unos dos kilos de peso y de una madera dura y resistente. Aproximadamente a unos dos  metros de la piedra donde se arman los bolos existe otra piedra de tamaño un poco más reducido que la anterior sobresaliendo varios centímetros de  la tierra, entre ambas piedras existe un pozo de unos cincuenta centímetros de profundidad.

Los equipos se componían regularmente de tres jugadores. Para realizar la jugada el jugador se pone en esta última piedra, cogiendo la bola con la mano derecha, con un movimiento del brazo impulsa la misma contra los bolos al mismo tiempo que se abalanza hacia delante deslizándose hacia la poza sobre el pie izquierdo, lo que le da un impulso mayor para poder conectar la bola con fuerza sobre los bolos. A unos quince metros de los bolos existe una raya que la bola tiene que traspasar en su totalidad para que la jugada sea válida. Cada bolo que pasa de esta raya vale diez tantos y cada uno que queda por el campo siempre que hayan sido tumbados por la bola vale uno. Así si pasa un bolo de la raya y siempre que no quede ninguno derecho, la jugada vale 18 tantos, si son dos los que pasan la raya 27, si son tres 36, y así sucesivamente, y siempre que la bola haya traspasado también la raya. El bolo que quede en pie no se contabiliza. 

A los bolos no se jugaba todo el año, el juego se desarrollaba una vez pasada la Semana Santa y hasta finales del verano,  y solamente se  jugaba  los domingos y días de fiesta, empezando las partidas a primeras horas de la mañana y hasta que la luz del día dejaba ver.

Recreación de la antigua bolera de Santa Leocadia.







 

















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